Hipocampo
(Este cuento fue originalmente publicado en Guardagujas, abril 2010)
—Odio dormir.
—Interesante. ¿Por qué?
(Y también odio a los psicólogos. El mío no entiende nada: cree que el pavor a la oscuridad es herencia de los gritos que salían por las noches del cuarto de mis padres, aunque, como le he dicho, es obvio que el miedo proviene de la pecera que había en mi cuarto, de los caballos de mar que me observaban dormir para —lo sé— intentar matarme. Por eso —no para evadir a mis padres— pasé la adolescencia obsesionado con documentales donde se decía que algún animal, casi siempre siniestro y marino, evolucionaría hasta esclavizarnos. Mi problema es clarísimo como el agua, estuve a punto de pensar: parece que me estoy volviendo loco, pero en realidad me estoy preparando para la Gran Invasión. Y este doctorcito sigue pensando que quiero matar a mi papá. Lo cual es cierto, pero por otros motivos: mi padre es un delfín encubierto.)
—Siempre sueño lo mismo. Estoy en un café, o en el metro, o en la fila del súper, cuando aparece: primero veo la punta un tentáculo arrastrándose junto a mi pie. Lo sigo con la mirada hasta el pantalón de alguien, a quien no le alcanzo a ver el rostro: en cuanto subo los ojos, la boca se ha desdoblado, los ojos cuelgan de dos hilos finísimos, y por entre los dientes ya sale una cabeza puntiaguda, gris, un ojo redondo que se me clava. El cuerpo se arruga primero, y luego se rompe, y los tentáculos brotan de todas partes: una alfombra
de cuerpos que parecen calcetines se tiende debajo de un ejército de calamares con máscaras de oxígeno y pistolas. En cuanto el primero jala el gatillo, despierto, y por un instante veo tatuados en lo negro los ojos inmóviles de los caballitos de mar que dejé de tener el día en que mi padre se los llevó de casa con el resto de sus cosas.
—Interesante. ¿Y te angustia?
(No: me encanta. Igual que tenderme a hablar en el diván sin verte el rostro.)
—Sí.
—Pero es sólo una pesadilla, ¿no?
—Sí.
—Y estás seguro, ¿no?
(Intento voltear la cabeza para verlo, pero no lo consigo: siento el frío viscoso de siempre rozándome la pantorrilla. Antes del ¡pum! busco caballos de mar por todas partes. No los encuentro.)

